Por Eduardo J. De La Peña
El 30 de enero se cumplió un año de que la Organización Mundial de la Salud declaró que la epidemia por coronavirus es una «emergencia de salud pública de alcance internacional», y el 11 de marzo de 2020 se calificó como pandemia.
En Coahuila, el primer caso se confirmó el 29 de febrero, y a partir del 18 de marzo se determinó el confinamiento y la suspensión de actividades productivas.
Tenemos entonces prácticamente un año de una prolongada incertidumbre en la que siguen jugando múltiples factores.
Hoy en día es incierto por ejemplo el alcance de las secuelas que puede dejar la enfermedad. Una persona sana, sin comorbilidades preexistentes y en buen estado físico, puede esperar que si se contagia sus síntomas sean leves y se recupere incluso sin requerir hospitalización, pero no hay certeza de si su organismo va a resentir o no algún daño que se manifieste a futuro.
En varios países se han desarrollado vacunas contra el covid-19, y en el nuestro hay aprobadas hasta ahora para su uso cuatro, sin embargo tampoco sabemos con certeza cuándo estarán disponibles ni en que cantidades.
Esta semana no se ha llegado aún al millón de personas vacunadas, y somos en México más de 126 millones de habitantes.
Adicionalmente hoy se habla de mutaciones del virus, que algunas pueden ser irrelevantes y combatirse de la misma manera que el original, pero se dice que otras podrían ser más agresivas y que para ellas no servirían las vacunas que se han desarrollado hasta ahora.
Si pasamos al terreno económico, tenemos que ahí también reina la incertidumbre. Las proyecciones que se hicieron el año anterior sobre los efectos que tendría en el mundo la suspensión de actividades productivas, fueron rebasadas al prolongarse la pandemia y con ello las medidas restrictivas. Hoy en día no es posible dimensionar los efectos que habrá.
En un contexto así, no extraña que los organismos internacionales comiencen a alertar de una crisis de salud mental latente. Vivimos en un estado casi constante de estrés, hay en la población cansancio y ansiedad.
Se combinan el miedo al contagio, el dolor por la perdida de seres queridos, la adversidad económica y el encierro, entre otros factores que resultan en una peligrosa mezcla que amenaza la estabilidad emocional de las personas.
El fenómeno no es exclusivo de los adultos, se replica en adolescentes y niños que deben tomar las clases a distancia y limitar sus actividades deportivas y de esparcimiento.
Aún antes de la pandemia y el confinamiento, en la región ya vivíamos problemas de salud mental que se manifestaban principalmente en la elevada incidencia de suicidios, e igualmente en violencia intrafamiliar y vecinal.
Estos problemas tenderán a exacerbarse, pues aún nos quedan varios meses de contingencia y restricciones por delante, ello debe llevar a las instituciones a implementar estrategias para ocuparse de la salud ambiental.
Sin duda que la Secretaría de Salud, el IMSS y el ISSSTE están saturados con la atención al coronavirus, pero podrían entrar otras instancias como el Instituto Coahuilense de las Mujeres, el de la Juventud, y la Procuraduría de la Familia, que tienen personal capacitado, líneas telefónicas de atención y espacios en medios de comunicación.
Igualmente se requiere la participación de instituciones educativas, como la Facultad de Psicología de la UAdeC.
Para hacer frente al covid se ha tenido que improvisar sobre la marcha, principalmente porque estamos ante algo desconocido y de comportamiento incierto. En el tema de la salud mental ya hay mucho camino recorrido, y personal capacitado, es importante no ignorar las alertas del problema que puede venir y comenzar a atenderlo.